Intertextos
Lo malo de los buenos libros es que algo de ese mundo queda impregnado en mí y me perjudica. Por ejemplo, después de leer a Kapuściński tuve ganas de recorrer Argentina para construir relatos polifónicos sobre nuestra nación. Ya me había pasado antes con Raymond Carver. Y hace un rato, culpa del chileno Bolaño, empecé a escribir un texto mediocre sobre cómo conocí a Eduardo Perrone y me enteré de su muerte. Así nunca lograré hacer literatura, pensé, y abandoné el relato en el segundo párrafo. Aunque lo bueno de este universo -me di cuenta más tarde- es que tiene un paliativo. Lo que se reescribe es concebido no como plagio, sino como intertexto. Una linda sanata para que la pueda usar gente como uno. De todas formas, quizás la mejor receta sea la que usaba aquel escritor cuyo nombre no recuerdo: no leía a nadie más que a sí mismo. Se encerraba en una cabaña en alguna montaña de Europa (no sé por qué creo que francés o alemán) y allí se recluía hasta terminar su obra. Lógicamente, se perdió a Dostoievski y a Kafka. Y nadie le garantiza que no se haya autoplagiado en algún momento.
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